Una maldición que no ha podido alcanzarme

Ahora, una vez más, recordé la cara cachacienta de un operador de radio al que le decíamos “Puma”. No tengo idea por qué y tampoco recuerdo si se llamaba José Luis Rodríguez. Para mí, entonces como de 20 años, era un “viejo”. Un viejo que sabía del mundo, que tenía comentarios agudos y una filosofía propia de vida. De todo lo que le escuché, solo recuerdo un comentario, que me sonó a reproche con algo de maldición.


Una vez conversando sobre el oficio de periodista, y ante mis sermones de vieja, siendo tan chica, me dijo: ‘Tú piensas así porque no tienes hijos, tu papito te paga todo, lo que ganas es para darte tus gustos. Pero cuando tengas familia y tengas tus hijos que mantener vas a pensar distinto. Te acordarás de mí’. Recuerdo su tono, sus ademanes, como si lo viera ahora mismo. El asunto tenía que ver con los “cherrys” periodísticos, los regalos, las coimas dicho claramente.
Me lo recuerdo siempre. Siempre que me topo con gente que me aborda en medio de la calle, o en alguna institución pública para pedirme que publique tal o cual cosa y que me casi exige que sólo les diga cuánto es. ¡Yo te pago!
He aprendido a tomar con sonrisa sus prisas. Generalmente voy de trabajo periodístico, así que como tengo algo pendiente y con hora esperando, les digo que no los puedo atender, que se comuniquen conmigo en mi oficina. Algunos me dejan su teléfono y con la misma reiteración que me dictan su número, tengo que escuchar el ¡yo pago!.
Generalmente pierdo el número, otras veces lo registro a propósito para saber qué número no es urgente y no debe interrumpirme a mitad de una entrevista o de algo importante.
Recuerdo cuando en otra ocasión, estando en oficina, un ex gobernante llegó con un texto de opinión para publicar y yo le dije que lo dejara que lo iba a leer con calma y que ya sería publicado, en nuestro espacio de “Ciudadanos  opinan”.
El señor -sentado enfrente mío y con escritorio de por medio- por todo agradecimiento y entusiasmado, sacó un planchado y nuevo billete y lo puso en la mesa, lo hizo llegar hasta donde yo estaba. Comentó ‘para los gastos, yo quiero colaborar con Uds.’ Tomé el billete y se lo volví a poner a su alcance y le dije: Gracias, pero esto no cuesta. Como insistió en que todos necesitamos, se lo devolví y le dije, algo así como que, si quería apoyar a la empresa, cuando requiera vender algo, contrate sus avisos económicos, o de defunción, o lo que necesite. Pero que los artículos y las informaciones no tienen precio.
Hoy volví a recordar al “Puma”. No hay alguien a quien recuerde tantas veces como al “Puma”, ni a mis queridos colegas de iniciación del Periodismo, que tomaron distintos rumbos, ni a la inepta jefa de prensa que tuve que sufrir y de la que aprendí tanto.
Lo volví a recordar cuando un intermediario de alguien en busca de “buena imagen” llegó por aquí con el mismo cuento ¡yo pago! No le devolví la llamada, no lo cité; otra vez no le devolví la llamada, hasta que llegó a mi casa. Gracias a Dios, la empresa tiene un gerente, a quien se lo derivé para evitar atenderlo. Gracias a Dios, el gerente es periodista antes que gerente, y viene de la misma escuela que yo.

Han pasado más de 15 años y no he vuelto a ver al “Puma”. Tengo dos hijos, vivo en provincia, un trabajo periodístico propio, ya no me mantiene mi papito, el negocio se pone duro a veces, muchas otras siento que este es un trabajo solitario, otras se me acaban las esperanzas, pero el “Puma” no ha dejado de perseguirme con su reproche con algo de maldición. Gracias a Dios sigue sin alcanzarme.

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